"...decía la muchacha acaben ya conmigo
que para fiiestas [sic] bastan las que en
el Cuzco me hicieron; lleváronla a un alto cerro, remate
de las tierras del Inga, y hecho el depósito la bajaron
a él y emparedaron viva".[Hernández Príncipe, 1601].
La cita de Hernández Príncipe, un sacerdote extirpador
de idolatrías de la época de la colonia, se refiere a la
historia de Tanta Carhua, una joven aclla
(elegida, virgen del Sol, mujeres especialmente preparadas
para casarse con el Inca o cumplir otros roles sociales
jerárquicos del sistema político imperial, incluido el de
ser ofrendadas en honor al Sol-Inca) que fue sacrificada
en lo alto de una montaña con motivo de la fiesta de la
Capacoha (fiesta de los sacrificados), la cual se
celebraba en el Cuzco durante la memoración estatal incaica
en honor al sol, o sea el Inti Raymi. Las acclla-capacochas
viajaban centenares de kilómetros con destino al Cuzco y
representaban a cada una de los cuatro suyus o "provincias"
que conformaban el Tahuantinsuyu. Transitaban por los sólidos
caminos empedrados y finamente construidos del vasto imperio
acompañadas de las huacas (ídolos o dioses adorados)
más importantes de su tierra natal, integraban además la
cohorte los curacas y representantes más notables (políticos
y religiosos) de las provincias conquistadas. Una vez en
el Cuzco, las acllas adoraban al Sol, al Rayo y las
momias de la dinastía real que eran los principales dioses.
Algunas acllas eran sacrificadas allí en honor al
Sol, el resto, una vez concluidos los rituales políticos-religiosos,
emprendían la retirada rumbo a su lugar de origen, donde
finalmente, y en el marco de una gran celebración regional,
sus vidas eran cedidas al astro rey. Tanta Carhua,
vestida como una reina ascendió junto a su séquito
hasta lo alto de la montaña, allí la esperaba su última
morada. Fue adormecida con una bebida especial para la ocasión
-tal vez con alcohol de chicha con otra sustancia- y depositada
en su gélido mausoleo de roca junto a un suntuoso ajuar.
Una vez sellado el sepulcro y realizados todos los rituales
a la usanza cuzqueña, los participantes de esta trascendental
ceremonia descendían hasta sus respectivos lugares de origen.
Caque Poma, el padre de Tanta Carhua, por
haber concedido su única y pequeña hija al Sol fue agraciado
por el Inga, y por ello ascendido a una mayor jerarquía,
papel que era extensivo para su gente y descendientes futuros.
Por su parte, Tanta Carhua, en su santuario se deificó,
transformándose en una huaca digna de veneración
y profundo respeto, que protegía y custodiaba a toda la
provincia y su vulgo. La montaña ya no era la misma de antes,
también se sacralizaba, impregnándose de un gran significado
religioso y político a la vez, sus fuerzas se magnificaban
y los beneficios redundaban en toda la población que le
rendía pleitesía.
Los años transcurrieron, y el culto a los cerros continúa
en la tradición de nuestros pueblos andinos (véase C. Vitry,
Miradas Nº 10: "Los secretos de la montaña"),
en agosto se sacrifican animales y su sangre es derramada
al suelo para alimentar a la tierra, o bien se queman ofrendas
destinadas a estas huacas bajo el genérico nombre
de Pachamama. Las investigaciones arqueológicas nos indican
que son escasos los sacrificios humanos realizados en las
altas cumbres de la cordillera andina; no se sabe a ciencia
cierta si todos ellos corresponden a la ceremonia de la
Capacocha, que era una conmemoración específica del
incario y se realizaba cíclicamente. Lo que se sabe, es
que estos cuerpos momificados naturalmente por la acción
de las bajas temperaturas y extremada sequedad del ambiente,
pertenecieron a una cultura, a hombres sensibles, con una
concepción de la vida y la muerte diferente a la nuestra,
que las elegidas fueron entregadas como excelsas ofrendas
a las deidades, y que durante mucho tiempo fueron idolatradas
sublimemente, con la más profunda convicción religiosa.
Pasaron los años, y el hombre "moderno" nunca
consideró en lo más mínimo las convicciones y arraigadas
creencias andinas; siempre guiado por la codicia material
del áureo fulgor, excavó cuanto sitio arqueológico pudo,
centenares, miles de ellos, de los cuales no queda casi
ni el recuerdo.
El relato de lo ocurrido con Tanta Carhua, nos sirve
como punto de partida y antagónico complemento de la desventurada
historia de una momia, ocurrida a lo largo del siglo XX.
Historia y conología de un infortunio
Despuntaban los primeros años de la década del veinte cuando
en las altas cumbres cafayateñas de las serranías del Cajón
o Chuscha, el cuerpo momificado de una joven Inca veía nuevamente
la luz del refulgente sol tras varios siglos de "eterno
descanso". Ese Sol que otrora fuera uno de los motivos
de su hierático deceso, era ahora el silente testigo de
una burda profanación, cuyo motor -como siempre en estos
casos- fue la dorada ilusión de un tesoro escondido. Su
imperturbable tumba se hallaba a más de cinco mil metros
de altura, en una de las cumbres del nevado de Chuscha,
ubicado al Oeste del pueblo de Cafayate. Su gloriosa vida,
muerte y entierro, contrastan fuertemente con la exhumación
y poco feliz derrotero de su cuerpo durante los últimos
setenta años. La jerarquía casi divina de esta joven aclla
tuvo un humillante devenir, transformándose en objeto
de "colección", en cachivache de sótano metropolitano,
arrumbado y sometido al más cruel de los olvidos y trato
mercantil, sin ni siquiera tener la posibilidad de ser restituida
a su tierra, ni mucho menos ser estudiada científicamente.
Entre los años 1920 y 1922 aproximadamente, don Felipe
Calpanchay, un baquiano montañés de las serranías cafayateñas,
descubre lo que aparenta ser una tumba prehispánica en las
altas cumbres del cerro Chuscha. Ante tal hallazgo, se asocia
a un minero chileno llamado Juan Fernández Salas, y juntos
organizan una expedición a la montaña con la finalidad de
"sacar el tapado". Luego de excavar un poco y
llegar a una plataforma rocosa, violentan la tumba utilizando
una dinamita, y extraen el cuerpo momificado de una mujer
(de veinte a veinticinco años de edad aproximadamente) que
viene acompañado con una suntuosa vestimenta y diversos
objetos que conformaban su ajuar funerario. La momia es
bajada hasta una finca de Tolombón, donde, al decir de los
seniles lugareños, le prendían velas y con sumo respeto
la llamaban "Reina del Cerro".
En el año1922, un comerciante y coleccionista de objetos
arqueológicos llamado Pedro Mendoza, compra la momia por
unos pocos pesos y se la lleva a Cafayate, para sumar esa
"pieza" a su ya rica y surtida colección.
Durante el mes de mayo de 1924, el conocido profesor Amadeo
Rodolfo Sirolli realiza un viaje de estudios a la localidad
de Cafayate, y allí, se entera de la existencia de la momia.
Conocedor de la importancia de lo que observaba aprovecha
la oportunidad para realizar un minucioso inventario y descripción
detallada de sus características físicas generales, vestimenta
y ajuar, toma además unas cuantas fotografías. Inexplicablemente,
y a pesar de su formación, el profesor Sirolli no da a conocer
nada de lo observado, sino hasta el año 1954, cuando realiza
una conferencia en la sala de la Iglesia San Francisco de
la ciudad de Salta, y "oficialmente", en 1977
cuando publica una cartilla.
Desterrada y "desaparecida"
Muy poco tiempo después de haber sido observada por Sirolli,
la momia Inca fue desterrada para siempre del suelo calchaquí,
iniciando un prolongado y triste derrotero. Vendida por
su "propietario", don Pedro Mendoza, la momia
pasó a manos de un herboristero y coleccionista de objetos
arqueológicos de la ciudad de Buenos Aires, el Sr. Perfecto
Bustamante. Este dato del primer paradero en Buenos Aires
se conoce gracias a un artículo escrito por un señor apellidado
Onelli, y que fuera publicado en el diario porteño "La
Nación" con fecha 3 de octubre de 1924, quien comenta
que una momia calchaquí es exhibida en la "Casa Bustamante".
En el año 1932 muere Perfecto Bustamante, años mas tarde
la viuda, entrega la momia al arqueólogo aficionado Ing.
Absjorn Pedersen a cambio una instalación de gas (¡!). Pedersen,
quien por entonces realizaba algunas investigaciones y relevamiento
de sitios arqueológicos (especialmente relacionados al arte
rupestre) en la zona de Cerros Colorados (Córdoba), deposita
la momia en el sótano de su casa junto a otros objetos arqueológicos,
con la siempre presente ilusión de tener un Museo Privado,
hecho que jamás se concretó. La "Reina del Cerro"
desaparece de la escena y permanece en las lúgubres sombras
de un subsuelo durante cincuenta años, en un olvido total...
otro hecho inexplicable que se suma al triste destino de
la momia Inca cafayateña.
En abril de 1977 la Sociedad Científica del Noroeste Argentino,
presidida por el prof. Amadeo Sirolli, publica una cartilla
titulada "La Momia de los Quilmes", donde recién
sale a la luz la información descriptiva y la fotografía
de la momia, luego de cincuenta y tres años de silencio
(¡!).
Dada a conocer la noticia, diferentes personas inician
independientemente la búsqueda de tan importante "pieza
arqueológica". No se sabía nada de ella, ninguna pista,
solo la información proporcionada por la cartilla de Sirolli.
En el mes de marzo de 1979, el señor Milenko J. Jurcich,
muestra la fotografía de la momia en su programa televisivo
titulado "Más alto que los Cóndores", donde solicitaba
a la audiencia que si llegaran a verla en alguna parte del
mundo, realizaran la denuncia correspondiente para su "repatriación".
A raíz de este programa, un salteño llamado Ricardo Liendro,
tras un viaje a Norteamérica, cree ver la momia calchaquí
en el Museo de Ciencias Naturales de Washington. Esta especulación
sin mayores argumentos, llegó en su tiempo a cobrar cierta
credibilidad y muchos cayeron presa de ella. Hoy, a pesar
del agua (de información) corrida bajo el puente, algunas
personas que no siguieron investigando el tema, todavía
creen que la momia está en el Museo de Washington... Pero
la "Reina del Cerro", permanecía arrumbada en
el sótano de Pedersen...
En 1984, el andinista Antonio Beorchia Nigris, Presidente
del Centro de Investigaciones Arqueológicas de Alta Montaña
(CIADAM) de San Juan, realiza una expedición al cerro Chuscha
con el fin de ubicar el sitio de donde fuera extraída la
momia. Beorchia, en su prospección por los filos cimeros
a más de cinco mil metros de altura, encuentra dos pircas
pequeñas de forma circular, con un muro perpendicular a
una de ellas, algunos kilos de leña antigua y un fragmento
de hueso largo. Aparentemente había hallado el posible lugar
de extracción de la momia,... mientras tanto, en Buenos
Aires, se estaba gestionando su remate...
En los últimos años de su vida, ya viejo, enfermo, viudo,
solo y sin recursos, Asbjorn Pedersen decide, por sugerencia
de su amigo Julián Cáceres Freyre, entregar su colección
a la Casa Posadas de Buenos Aires para su remate, al respecto,
el anciano comentaba "ya que no pudo concretarse
mi viejo proyecto de construir un museo destinado al arte
rupestre y arqueológico, trámite que inicié en 1958 y, en
vista de mi avanzada edad, he resuelto desprenderme de una
parte de mi colección. Debo agregar que, hasta el presente,
ninguna institución mostró interés por ella" (La
Nación, 28/07/84). El 9 de agosto de 1985 se remata públicamente
la colección Pedersen (todo excepto la momia). Finalmente,
es comprada un anticuario de la localidad de San Telmo,
provincia de Buenos Aires, quien la adquiere por la suma
de 48 dólares.
Toda esta inextricable historia de la momia incaica de
Cafayate comenzó a desenmarañarse recién a fines de la década
del '80, gracias a las investigaciones realizadas por el
periodista e historiador Roberto Vitry, quien logra ubicar
a un anciano (Juan Bühler) residente en la localidad salteña
de El Carril, que había sido amigo de Juan Fernández Salas,
el chileno que junto a Calpanchay extrajeran la momia del
cerro Chuscha a principios de siglo. El octogenario Bühler,
a pesar de su avanzada edad, con gallarda lucidez, le relata
al periodista los detalles de lo acontecido durante la extracción
de la momia, echando luz a una gran cantidad de vacíos de
información que se tenían hasta entonces. El mismo Bühler
-como buscador de tesoros que era- había ascendido hasta
el cerro Chuscha para buscar otra momia -"el machito"-
y un supuesto tapado escondido. Esta información fue publicada
en el diario El Tribuno (29/05/88) en un artículo titulado
"La cofradía del misterio", junto a un par de
fotos históricas cedidas por el anciano. En una de las fotografías
se observa a Juan Bühler, en 1929, parado -al estilo Indiana
Jones- en el lugar de donde su amigo Juan Fernández Salas
extrajera la momia. Esta imagen, por su peso documental,
convence al investigador Antonio Beorchia que el lugar que
él había registrado como posible sitio de extracción de
la momia, no se correspondía con el histórico, siendo su
diferencia notable. Las investigaciones sobre el paradero
de la momia y su lugar de exhumación adquieren entonces
renovadas energías, el prestigioso arqueólogo Dr. Juan Schobinger
(Mendoza) publica en revistas especializadas algunos informes
científicos con estos nuevos datos, Antonio Beorchia hace
lo propio y además organiza nuevas expediciones a las serranías
del Cajón, ahora con un dato concreto, la fotografía de
Bühler.
Mientras esto acontecía en Salta, Mendoza y San Juan, en
Buenos Aires, se realizaba una exposición y venta de "objetos
arqueológicos"... nuevamente la momia cafayateña estaba
siendo vendida. El Odontólogo Carlos Colombano compra por
poca plata esta exótica "pieza" para su museo
privado "Chavín de Huántar", ubicado en la calle
Luis S. Peña Nº 2864, Martínez, provincia de Buenos Aires.
Relocalización de la momia y su tumba
Transcurría el año 1991, Marcelo Scanu, andinista y colaborador
del CIADAM, mientras caminaba por la calle Florida de Buenos
Aires, observa una momia expuesta en una vidriera de un
banco. Inmediatamente le viene el recuerdo de la fotografía
publicada por Sirolli (1977), y reproducida en el libro
"El enigma de los santuarios indígenas de alta montaña"
(1987), de Antonio Beorchia Nigris. Su parecido era increíble.
Una vez realizadas las averiguaciones pertinentes sobre
el paradero real de la momia expuesta (Museo Chavín de Huántar),
Scanu informa la noticia a Beorchia, que inmediatamente
viaja a Buenos Aires, poco tiempo después hace lo propio
el Dr. Juan Schobinger. Ambos, tras una minuciosa observación,
confirman que se trata de la "desaparecida" momia
del cerro Chuscha, de la cual nada se sabía desde 1924.
La feliz noticia del redescubrimiento fue publicada en el
periódico sanjuanino "Diario de Cuyo", con fecha
24 de noviembre de 1991. En Salta, Roberto Vitry, en la
Revista de El Tribuno publica un artículo titulado "Fin
de la incógnita en Cafayate: La momia del Cajón", con
fecha 05/02/92. Allí da a conocer en el medio la noticia
del redescubrimiento de la momia y aporta nuevos datos proporcionados
por Bühler. Por su parte, el Dr. Juan Schobinger, realiza
una serie de publicaciones sobre el tema en revistas científicas
especializadas.
Solo restaba ubicar el sitio exacto de donde fuera extraída
la momia, así que a principios de 1996, a través del recientemente
creado Centro para la Conservación del Patrimonio de Alta
Montaña - Salta (CECOPAM), se organiza una expedición para
explorar las serranías del Cajón, contando con la participación
especial del Dr. Juan Schobinger y Antonio Beorchia Nigris,
y la colaboración de los andinistas cafayateños.
El día 4 de febrero, mientras Schobinger, Beorchia y el
resto de los expedicionarios cafayateños realizaban las
últimas exploraciones en los faldeos orientales de las serranías
del Cajón y emprendían el descenso, el autor de esta nota
junto otro grupo, hallaban el mismísimo sitio donde en 1922,
el baquiano Calpanchay y el chileno Fernández Salas, sacaran
la momia incaica del cerro Chuscha.
Con el descubrimiento del contexto arqueológico de la momia
del cerro Chuscha se cierra el primer capítulo de una dilatada
historia, plagada de olvidos, sin sentidos, desintereses
y especulaciones, cuyo destino, parece ser no muy diferente
a lo ocurrido desde que esa aclla fuera arrancada
violentamente de su sacralizado sepulcro altoandino. A la
vez, se abren nuevas alternativas para la investigación
de estos tipos de hallazgos arqueológicos perpetrados en
semejantes alturas.
No es prudente hacer analogías sin el peso de la evidencia
arqueológica, no obstante ello, es factible decir que el
sacrificio de la joven mujer inca en una de las cumbres
del cerro Chuscha, haya tenido connotaciones similares a
las descritas en el relato de Tanta Carhua. Tal vez
no se trató de una Capacocha, ni de una aclla,
pero si se puede estar seguro de que se trató de una
ceremonia religiosa muy importante como para que se justifique
una vida entregada; se puede suponer que ese cerro fue (¿es?)
especial y diferente al resto y que, las elecciones (de
la mujer y la montaña), tienen un sentido y motivo específico
que ignoramos.
Hoy, la momia está siendo exhibida en un Museo privado
de Buenos Aires, y la posibilidad de regresar a la tierra
que la vio nacer y morir es remota. La imposibilidad de
ser estudiada por los arqueólogos, bioantropólogos, médicos,
genetistas y otros científicos que, con sus investigaciones,
arrojarían mas luz sobre los enigmas de las culturas pretéritas,
es evidente y concreta.
Esta fue una historia, solo una de las tantas ocurridas
en el rico noroeste argentino, donde jamás se respetó ni
se hizo respetar el legado patrimonial y cultural de nuestros
sojuzgados ancestros. ¿Qué ocurrirá con la momia del cerro
Chuscha?, ¿seguirá de mano en mano y remate en remate?,
¿volverá a "desaparecer" misteriosamente sin dejar
rastro?, ¿podrá ser estudiada por los científicos alguna
vez?... muchas son las preguntas sin respuesta y las respuestas
sin sentido.
"...decía la muchacha acaben ya conmigo que para
fiiestas [sic] bastan las que en el Cuzco
me hicieron...".[Hernández Príncipe, 1601].
Quizás la joven muchacha, en un desesperado y silente quejido,
esté suplicando frente a su impotencia y desventurado devenir
ese "acaben ya conmigo"...
Christian Vitry